sábado, 13 de noviembre de 2010

Las Beguinas, místicas medievales del Amor Divino

Las mujeres en el misticismo cristiano (III). Hildegarda de Bingen y las beguinas

Autor: María Toscano y Germán Ancochea

La Baja Edad Media será testigo de un inusitado florecer de mujeres místicas que llenarán los siglos XIII y XIV de una presencia femenina con una densidad e importancia desconocidas en la historia del misticismo cristiano, cuyo progresivo conocimiento corre en paralelo a la nueva visión que se tiene de la Edad Media y del peso de la mujer en la sociedad en general y en la comunidad cristiana de forma más concreta [1].

La mujer en la baja Edad Media - se entiende, la mujer perteneciente a las órdenes religiosas, a la nobleza y la alta burguesía - ocupó un papel destacado tanto en la religión (de lo que es buena muestra el poder de importantes abadesas), como en la política (no hay más que referirse a las numerosas reinas), como en la cultura; baste recordar, como paradigma de mujer con relevancia política y cultural, a Leonor de Aquitania (1122-1204), mujer extraordinariamente culta, protectora de trovadores y que durante casi medio siglo hizo y deshizo en la política europea. La pérdida de derechos civiles por parte de la mujer no es consecuencia de la Edad Media, en buena parte marcada por el derecho germánico, sino por la progresiva introducción del derecho romano - que negaba la categoría de personas a mujeres y niños - y por el papel que el triunfo de la sociedad burguesa asignará a la mujer.

La Baja Edad Media «es el tiempo de Eloísa y Abelardo, de Leonor de Aquitania y de su hija María de Champaña; de las “cortes de amor”; el tiempo de los “lenguajes secretos”, los personajes legendarios y las aventuras prodigiosas; es el tiempo de la leyenda del Grial, de los “fieles de amor” y el “reino de la Dama”, se símbolos alquímicos y numéricos, de trovadores y troveros, que entretejen un mundo nuevo y crean espacios literarios que ya no son patrimonio del clero».[2]

Las mujeres de cuya compañía y amistad nos proponemos disfrutar no sólo alcanzaron altas cimas en su camino hacia la vecindad del Amado, que seguramente mujeres así no han faltado en ninguna época, aunque sólo en unos pocos casos alcanzaron el público reconocimiento al ser consideradas oficialmente santas[3] y en la mayoría permanecieron ocultas en su anonadamiento en Dios, sino que unieron a la profundidad de su experiencia el hecho de contarla y escribirla - algo ya no usual - ofreciéndonos las marcas de un camino que, siendo eterno, nos es presentado con aspectos de una profundidad y radicalidad absolutamente nuevas.

Hildegarda de Bingen (1098-1179)

Pero antes de ocuparnos de esta eclosión de místicas de los siglos XIII y XIV nos encontramos con una mujer excepcional que llena el siglo XII: Hildegarda de Bingen (1098-1179). Hildegarda es de familia noble, sus padres, cuando tiene ocho años, la encomiendan a una mujer, Jutta de Spouheim, para que la eduque y la críe. Cuando Hildegarda tiene 14 años, Jutta y la niña viven como reclusas[4] junto a un monasterio benedictino, en el que permanecen hasta la muerte de Jutta.

De la primera parte de la vida de Hildegarda apenas sabemos nada. Vivió en la obediencia, desarrollando un ansia de saber profunda. En torno a ellas se han ido agrupando una serie de mujeres y cuando muere Jutta, su maestra y animadora, Hildegarda toma las riendas de la comunidad y, entonces, aparece una mujer hasta entonces desconocida: fuerte, poderosa, ellos dirían que viril, porque cuando a una mujer había que decirle que era algo grande, había que decirle, como hemos visto, que era como un hombre. Pronto funda un monasterio propio.

Era una mujer poderosa, tiene un gran carácter y sabe llevar y perfectamente entender a sus monjas. Ella entiende a sus monjas y sus monjas la entienden a ella. Empieza a destacar inmediatamente como guía espiritual. Tiene un espíritu fino, delicado y es capaz de percibir los estados por los que iban pasando sus monjas y las personas que acuden a ella en busca de consejo.

Pero Hildegarda, además, vive desde niña en un estado visionario, compatible con su conciencia normal, no es pues un estado extático en que ella pierda la conciencia, sino la capacidad de acceder a otro nivel de realidad en donde contempla un universo simbólico que después es capaz de interpretar. Cuenta que, cuando tenía tres años, tuvo una gran visión pero era tan pequeña que no se atrevió a decir nada

A los tres años de edad vi una luz tal que mi alma tembló, perro debido a mi niñez nada pude proferir acerca de esto. A los ocho años fui ofrecida a Dios para la vida espiritual y hasta los quince años vi mucho [...] a mi me sorprendía mucho el hecho de que mientras miraba en lo hondo de mi alma mantuvieran también la visión exterior.[5]

Cuando fue contando lo que le pasaba se sorprende de que a los demás no le suceda lo mismo; Jutta le pidió que tuviera mucho cuidado con las visiones - siempre sospechosas en la mística cristiana, tanto por carecer de una línea tradicional de maestros capaces de interpretarlas, como por la dificultad real de distinguir las visiones auténticas de todo tipo de fenómenos puramente psicológicos - , ella obedece y se calla, pero cuando llega ser abadesa sus visiones empiezan a ser fuertísimas, imperativas; la obligan a hablar, de hecho ella interpreta las enfermedades que la afligen como una señal de que no debía de seguir callando. No sabe qué hacer y pide ayuda a un monje del Cister. Este monje se da cuenta que allí ocurre algo diferente de lo normal y, efectivamente, le pide, por favor, que escriba.

Envía sus escritos a S. Bernardo y ante su ardor espiritual éste dice que hay que escuchar a esta mujer guiada por el Espíritu. Hildegarda es llamada por el papa Urbano II para que pueda exponer sus visiones ante el Concilio. El papa queda entusiasmado con esta mujer, la autoriza a exponer su doctrina, y empieza para Hildegarda una intensa etapa de vida pública, y de numerosa correspondencia a través de la cual aconseja a obispos y reyes. No contenta con exponer lo que ve, arremete contra el clero. Se da cuenta que el clero no es lo que tenía que ser: no es precisamente la vida espiritual lo que caracteriza a una buena parte del clero de su época, sino la preocupación por el poder y, sobre todo, por la riqueza. Hildegarda los ataca con gran dureza y esto, aunque tras la aprobación del Papa tienen que soportarla, le creó grandes enemistades.

La vida de Hildegarda es, por lo tanto, una mezcla de vida activa y de vida contemplativa. Hildegarda monja, vive en el monasterio, pero tiene presentes y conoce perfectamente los problema políticos de su tiempo, interviene incluso para intentar poner fin al cisma creado por Federico I al nombrar, por su cuenta, a cuatro papas. El papa le pide que predique, y ella sale, habla, y predica. Además tiene fama de hacer milagros y curaciones y acuden a ella enfermos de todas partes.

Hildegarda dicta sus visiones - y la explicación de mismas - a un monje que debe suplir sus deficiencias gramaticales, pero consciente de su carácter profético revisa minuciosamente que recojan sus palabras con absoluta fidelidad. Fruto de este trabajo son sus obras, en latín, Scivias (Conoce los caminos), el Libro de los méritos de la vida y el Libro de la obras divinas, a las que hay que añadir sus libros sobre botánica, medicina, basada en los principios curativos de la naturaleza y sus composiciones musicales.

Sus visiones, enmarcadas siempre en distintas manifestaciones luminosas - «la luz que veo no pertenece a un lugar. Es mucho más resplandeciente que la nube que lleva el sol [...] se me dice que esta luz es la sombra de luz viviente»[6] - son una exposición simbólica de la doctrina tradicional de la Iglesia, y especial de la Historia de la Salvación, que le permiten penetrar en el sentido profundo de las Escrituras:

En el año cuarenta y tres del curso de mi vida temporal, en medio de un gran temor y temblor, viendo una celeste visión, vi una gran claridad en la que se oyó una voz que venía del cielo y dijo. “[...] Proclama estas maravillas escribe lo que has aprendido y dilo” Y [...] vino del cielo abierto una luz ígnea que se derramó como una llama en todo mi cerebro, en todo mi corazón y en todo mi pecho. No ardía solo era caliente, del mismo modo que caliente el sol todo aquello sobre lo que poner sus rayos. Y de pronto comprendí el sentido de todos los libros, de los salmos, de los evangelios ...[7]

Sus visiones contienen también revelaciones proféticas que hacen referencia a los periodos de división que, poco después de su muerte, atravesaría la Iglesia.

Hildegarda fue visionaria, música - compuso admirables obras, basadas en lo oído durante sus visiones - , médico, teóloga, pero, sobre todo, fue una mujer del amor. Hildegarda vivió el amor profundo y eso es lo que le hacía tener ese poder en todas las demás ciencias y en todos los demás conocimientos. Su biógrafo, Theorich de Echternach, narra así su muerte: «Sobre la habitación en la que la luz virgen entregó su alma a Dios en el primer crepúsculo de la noche del domingo, aparecieron en el cielo dos arcos brillantísimos y de diversos colores que se ensancharon por un gran camino extendiéndose por la tierra en cuatro partes [...] En el vértice allí donde los arcos se cruzaban surgió una clara luz en forma de círculo lunar que se ensanchó tanto que pareció apartar las tinieblas de la noche de la habitación [...] debe creerse que Dios, con este signo mostraba con cuanta claridad había iluminado a su amada en los cielos»[8]

Las beguinas


Los siglos XIII y XIV fueron siglos de grandes convulsiones en el seno de la Iglesia romana. Papas y reyes se enfrentan en una larga lucha de poder, pretendiendo cada uno de ellos invadir el terreno del otro, manteniendo ambos el origen divino y prioritario de su poder, lo que les legitimaría para imponerse a la otra parte. El equilibrio de poderes que había caracterizado los siglos anteriores tiende a desaparecer, ambas partes acaban aspirando al poder absoluto y perdiendo legitimidad. A una sensible decadencia de la iglesia oficial, con notables casos de corrupción por parte de miembros del alto clero, se contraponen numerosos movimientos que preconizan un regreso a la pobreza y sencillez evangélica, desde la creación de las órdenes mendicantes como los franciscanos como movimiento más representativo, pasando por los numerosos grupos cuyo exceso de radicalismo los coloca al margen de lo aceptable, hasta la controvertida, y ahogada en sangre, presencia del movimiento cátaro. En este entorno el Espíritu hizo aparecer un grupo de mujeres que no sólo alcanzaron los más altos niveles de la experiencia mística sino que divulgaron su “ciencia” – mejor, quizás, sería decir, su “gnosis” - en unas obras que, si por una parte marcan uno de los grandes hitos de la literatura espiritual, por otra al escribirse por primera vez no en latín sino en lenguas vernáculas representan, en muchos casos, obras de referencia desde el punto de vista literario en sus respectivos países.

Estas mujeres se caracterizan por una sólida formación cultural y teológica, unida a una experiencia mística personal profunda, acompañada, con frecuencia, de experiencias visionarias y/o extáticas que sorprenden a sus contemporáneos que carecen de elementos para juzgarlas pero que no pueden descalificarlas como fruto de la histeria femenina, ante la solidez teológica de sus escritos. Todo ello acompañado de una vida de radical austeridad y libertad de espíritu, que adopta tres modelos fundamentales: las monjas cistercienses, las beguinas y las reclusas[9], modelos que en algunas de ellas corresponden a distintos momentos de su vida.

Desde el punto de vista doctrinal[10] sus atrevidas formulaciones - que corresponden a una profunda experiencia interior, no a una mera especulación intelectual - nos muestran una aspiración a alcanzar la unión con Dios sin intermediarios, en un proceso en el que la misma necesidad de Dios, como último residuo de la dualidad hombre-Dios desaparece, para llegar no a ser Dios, sino a ser lo que Dios es. O en palabras del doctor J. Nurbakhsh, maestro sufí contemporáneo: «A través del Amor he llegado a un lugar donde no queda rastro alguno del amor»[11].

Su actitud mística es una síntesis del amor cortés, de la mística nupcial y de mística especulativa. La síntesis entre mística nupcial y mística especulativa pudo llegar hasta los místicos del Siglo de Oro español, y en especial a san Juan de la Cruz, por un doble camino. Por una parte se especula con la posibilidad de que hayan sido las beguinas uno de los elementos que dieron origen en el siglo XV a la rama femenina de la Orden del Carmelo[12], por otra parte la mística renana llegó a Juan de la Cruz a través de la obra de Herp (cf. Toscano M./Ancochea G. Místicos neoplatónicos y Neoplatónicos místicos) y de una traducción latina realizada en 1548, y dedicada a Felipe II, de una especie de antología del pensamiento renano que circulaba bajo la forma de una pseudo-obra de Tauler.

«Hablar de amor cortés es hablar de mitología caballeresca, de un código de honor y lealtad [...] de cabalgadas en las que el amor persigue y es perseguido a su vez; se trata de una búsqueda, de pruebas, en castillos, desiertos y tierras devastadas [...] es también la historia simbólica de los relatos del Graal [...] con una nueva síntesis espiritual que integra elementos cristianos, orientales y hermetistas de enorme riqueza. »[13]

Son gente culta que ha leído las novelas de caballería y del amor cortés que entonces circulaban por Europa. Aplican su formación caballeresca a la exposición de su mística, de ahí que tuvieran tanta fuerza en la exposición y encontrasen fácil resonancia en sus contemporáneos, familiarizados con la actitud caballeresca. Entendían perfectamente a los "fideli d’amore" y entendían perfectamente la función de la dama para atraer y formar el amor del caballero. En un principio la Dama Amor - en ocasiones dama pobreza - ejerce el papel de la dama de las novelas de caballerías y es mediante la consagración a ella como el místico acaba conquistando la cima, después la dama es Dios mismo que atrae y gratifica con su presencia y a cuyo amor y unión definitivos se aspira. Sus escritos son pues, en el fondo, novelas de Amor.

En la mística nupcial, basada en el Cantar de los Cantares, la unión mística es descrita como una boda espiritual, en la que amante y Amado se funde, sin confundirse, en el momento del éxtasis: «Dios y el hombres están separados el uno del otro. Cada cual conserva su propia voluntad y su propia substancia. Tal amor es para ellos una comunión de voluntades y un acuerdo de amor.»[14] Mística que se ha dicho corresponde a una actitud arquetípicamente femenina, sin embargo, es desarrollada, entre otros, por hombres como Orígenes[15] y san Bernardo[16] aunque algunas de nuestras compañeras del camino recurrirán con especial énfasis a sus símbolos.

La mística especulativa o mística del ser, hace hincapié en dejar de lado toda multiplicidad, para finalmente superar la dualidad sujeto-objeto y alcanzar la unidad, llegando a ser lo que Dios es o, en expresión de Guillermo de Saint - Tierry[17]:

El hombre llega a ser una sola cosa con Dios, un solo espíritu, no sólo por la unidad de una voluntad que quiere lo mismo que Él, sino por una virtud más profundamente verdadera cuando no puede querer nada distinto [...] Como el Hijo con el Padre y el Padre con el Hijo [...] el hombre de Dios merece llegar a ser, no Dios, pero sí lo que Dios es; llegando el hombre a ser por gracia lo que Dios es por naturaleza.[18]

Nótese, por una parte que la expresión “lo que Dios es” nos remite claramente a una visión de la esencia del Ser en la que se puede adivinar la existencia de una Realidad que está más allá del hombre y del propio Dios, a la que distintos aludirán con términos como “Divinidad”, “desierto de la Deidad”, “abismo de la Deidad” o el “abismo sin fondo”. Por otra parte, frente a la participación de la naturaleza divina a la que se refiere san Pedro en su epístola II[19], Guillermo se sitúa en la línea de la teología romana basada en Pablo que habla de una filiación por adopción, y por tanto por gracia[20]. No obstante conviene recordar que la figura de “hijo adoptivo” a la que se refiere Pablo se encuadra dentro del derecho romano - y la práctica habitual en el imperio romano - en que lo que determinaba la filiación era el hecho jurídico de la adopción y no el hecho biológico de la paternidad, siendo los derechos del hijo adoptado (biológico o no) superiores a las del mero hijo biológico.

Esta mística se basaba en un conocimiento profundo de la divinidad nacido de un anhelo amoroso que las conducía a un tipo de sabiduría diferente a otro tipo de sabiduría cualquiera. Cuando un ser humano se deja llevar por ese anhelo, anhelo que a veces no sabe explicitar, se lanza a una búsqueda de su esencia en la que su “yo” desaparece y alcanza la unificación con el Origen. Dios nos ha pensado desde la eternidad, cada uno de nosotros tiene una imagen preeterna que vive en Dios, lo que luego Eckhart llamará la “parte increada del alma". Todos nosotros tenemos una parte última, definitiva, escondida, oculta, a veces tan oculta que se oculta a nosotros mismos, en la que Dios se manifiesta tal cual es, pero llegar hasta allí, llegar a ese momento oculto del alma, a esa situación, a esa ciudadela escondida, es la labor de una vida. La vida entera no es nada más que la búsqueda de ese lugar escondido donde Dios se manifiesta.

¿Y que se produce en ese lugar escondido?: el encuentro de la parte increada del hombre y de Dios. Lo que ocurre es que ese es un largo proceso, un largo proceso de aniquilación, de anonadamiento. Si el hombre no llega allí solamente con esa realidad última creada por Dios, no puede percibir lo que se esconce en el “hondón” de su alma. Tenemos que morir a nosotros mismos, tenemos que dejar de ser nosotros mismos para llegar allí, es un proceso de retorno a la fuente en que el hombre ha de despojarse de todo aquello que ha adquirido en el viaje de venida. Refiriéndose al viaje de vuelta dice el Dr. Nurbakshs, que une a su condición de maestro sufí la de doctor en Medicina y Psiquiatría: «Para alcanzar la perfección espiritual, el ser humano ha de perder, uno por uno, y en orden contrario, todo aquello que ha adquirido desde su infancia a su madurez [...] Mientras el primer semicírculo [el viaje de venida] representa el atravesar las diferentes etapas de la perfección de la autoconsciencia [...] el segundo semicírculo [el viaje de retorno] representa un viaje a través de las diferentes etapas de la conciencia del corazón [...] y el viajero que viaja por este camino ha de ser libre de toda atadura.»[21] Todo el proceso espiritual del hombre es un proceso de rompimiento con su ego, de rompimiento con lo que impida avanzar.

Las beguinas hablan de una mística de fruición y de una fruición de la esencia. Fruir significa disfrutar, gozar plenamente de una cosa, y gozar plenamente de la unión significa dos cosas: que Eso que busco, el objeto amado, ha estado desde siempre allí esperándome, y significa también que ese yo que creo que soy ha de morir, para dar origen a ese yo que en el fondo verdaderamente soy, aunque todavía no lo perciba con claridad o incluso a veces lo ignore. Para que se produzca el encuentro, tiene que haber un yo profundo que Es, que elimina al que no-es, frente a Dios uno no-es nada, o, mejor dicho, es pura nada.

Esta es la mística de las beguinas y ésta es la mística de la esencia. Es la mística del encuentro de dos realidades que están llamadas a encontrarse o, mejor dicho, a reencontrarse desde la eternidad.

La mística de la esencia recupera, en parte, para Occidente la doctrina de la “divinización” conservada y desarrollada por la Iglesia de Oriente. La doctrina de la divinización (theosis) - increíblemente marginada, excepto en la mística especulativa, por la teología de Occidente hasta el punto de que es casi imposible encontrar el término en los diccionarios de teología y de mística - ha sido ampliamente desarrollada por los Padres Griegos y ha permanecido viva en la teología - y la experiencia - mística de la Iglesia de Oriente. La doctrina de la divinización establece una clara simetría entre la participación de la naturaleza humana por parte de Dios en Cristo y la participación de la naturaleza divina a la que el hombre está llamado. Es la conocida formulación de Máximo el Confesor (580-662): «El Hijo de Dios se hizo hombre para que el hombre se haga Dios», o en las ya mencionadas palabras de san Pedro: para eso nos ha creado, para que participemos de su naturaleza divina. En este contexto hay una clásica exégesis de los versículos del Génesis: Dijo entonces Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza [...]”Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó[22], que es interpretada como una doble participación de la naturaleza divina. Hay una primera participación expresada por la palabra “imagen” que hace referencia al estado del hombre, “icono de Dios” antes de caída - o del viaje de venida en términos neoplatónicos - y una segunda asunción de la naturaleza divina expresada por la palabra “semejanza”, que inicialmente está en el hombre en potencia, como una semilla, para que pueda ser desarrollada y alcanzada por el hombre que triunfa en su viaje de retorno; a ella se referiría san Juan cuando dice: Ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que cuando se manifieste seremos semejantes a Él, porque le veremos tal cual es.[23].

La Trinidad en su íntegra Unidad (miniatura de la visión de Hildegarda)

Esta actitud, aparentemente más masculina, y de la que, durante mucho tiempo se ha considerado al Maestro Eckhart y sus discípulos como principales representantes, se encuentra especialmente desarrollada en estas mujeres que efectuaron una magistral síntesis con las otras actitudes reseñadas y que sin duda tuvieron un gran influjo en el pensamiento del gran Maestro alemán. De hecho hoy se sabe, entre otras cosas, que la obra de Matilde de Magdeburgo (1208-1282/97) fue una de las lecturas predilectas de Eckhart en su noviciado, que éste estaba en París durante el proceso de Margarita de la Porète (1260-1310) y que algunos sermones del maestro recogen expresiones de Margarita; por otra parte en alguna edición de la obra de la “desconocida” Hermana Katrei, se la denomina como “la hija que el Maestro Eckhart tenía en Estrasburgo”.

«Una tremenda coincidencia tuvo que suceder en el siglo XIII, pues mientras las mujeres necesitan escribir los hombres necesitaron oírlas [...] Ellas constituyeron el testimonio vivo de la existencia de Dios. Pues ellas hablaron de sí mismas porque hablaron de Dios. Hasta tal punto se establecieron las correspondencias entre femenino y experiencia de Dios, que, en el siglo XIV, los hombres místicos tuvieron que feminizarse: el gran maestro Eckhart, cima de la mística medieval habló de que el alma era mujer, mientras que Enrique Suso, su discípulo, más literal que su maestro, se vistió de mujer.»[24]

El movimiento de las beguinas es uno de los movimientos más interesantes y más curiosos que se han dado en la historia de la espiritualidad occidental. Las beguinas eran, generalmente, mujeres de la clase alta, o de clase media alta. En un momento en que se empieza a derrumbar el sistema tan estructurado de la iglesia y del mundo feudal - como consecuencia por una parte del nacimiento de la sociedad burguesa y por otro de la deslegitimación del poder civil, fruto de su enfrentamiento con el religioso - aparece el deseo de una cierta libertad interior, libertad de conciencia, hace falta que cada hombre se exprese por sí mismo.

De ellas se ha dicho: «Era, fundamentalmente, un movimiento de mujeres y no sencillamente un apéndice femenino de un movimiento que debía su impulso, su dirección y su principal apoyo a los hombres. No había regla alguna definida de vida; no reivindicaba la autoridad de ningún santo fundador; no buscaba autorización alguna de la Santa Sede; no tenía organización ni constitución; no prometía beneficio alguno y no buscaba patrono; sus votos eran una declaración de intenciones, no un compromiso irreversible con una disciplina impuesta por la autoridad; y sus miembros podían proseguir con su trabajo normal en el mundo.»[25]

Estas mujeres eran hijas de su tiempo. Muchas de ellas segundonas de las casas, que no tenían unos matrimonios concertados, vírgenes y solteros por su propia situación social. Como tenían ansias de una vida espiritual profunda, de una vida espiritual auténtica, y al mismo tiempo un profundo interés cultural, hasta entonces casi reservado a las monjas, empezaron a reunirse en pequeños grupos a estudiar las Escrituras y a escribir sus propias experiencias. Esto ocasionó un cierto revuelo. La iglesia no las veía con muy buena cara, no las podía controlar, no tenían constituciones. Ellas hacían votos, pero hacían votos internos en su pequeña comunidad. Votos temporales y votos en función de su grado de entrega: votos de pobreza, votos de castidad, votos de obediencia.

El motivo fundamental era reunirse para la oración y para el estudio y, poco a poco, dándose cuenta de las necesidades de entonces, las beguinas empiezan a realizar algún servicio externo: cuidaban de los enfermos, cuidaban de las parroquias mal atendidas, pobres y miserables, cuidaban al párroco, limpiaban la casa, atendían a los ornamentos litúrgicos, pero siempre en la ocultación, en lo escondido. Las beguinas resultaron ser una fuerza espiritual profunda.

El mero hecho de la existencia de las beguinas significaba para los eclesiásticos una clara denuncia de su postura. Si ellos eran ricos, las beguinas eran pobres; si la iglesia hacía hincapié en el poder, las beguinas hacían hincapié en la espiritualidad; si el alto clero fomentaba la vida de lujo, la vida del poder, la vida del dominio, las beguinas destacaban por su la austeridad y por la profundidad de la vida interior; si la iglesia oficial hablaba de ortodoxia las beguina hablaban de experiencia.

Las beguinas resultaron ser una especie de moscardón incómodo que a la iglesia le sale durante dos siglos seguidos, era nuevo que las mujeres laicas, no sometidas a ninguna regla monástica, fueran capaces de alcanzar un grado de desarrollo teológico tan profundo y, sobre todo, una cosa llamaba la atención: vivían lo que pensaban. Había una coherencia perfecta entre su vida y lo que dicen. Esa vida y esa coherencia interna las hace muy fuertes, muy poderosas. La coincidencia entre vida y pensamiento es la más alta muestra de la sinceridad: «La sinceridad es el cimiento de la senda espiritual y la han definido así: “Muéstrate tal y como en realidad eres y se interiormente tal como muestras ser” [...] La base del sufismo no es otra cosa que la sinceridad.»[26]. Cuando una persona vive realmente lo que dice y dice lo que vive, no hay nada que pueda contra ella.

A finales del siglo XIII llegaron a ser más de doscientas mil beguinas. Hubo algunos que las atacaron, pero hubo otros que se dieron cuenta de la importancia que tenía este movimiento en la iglesia.

Surge así, de forma casi espontánea, la pregunta del franciscano Lamberto de Ratisbona:

He aquí que, en nuestros días, en Brabante y en Baviera, el arte ha nacido entre las mujeres.

Señor Dios mío ¿qué arte es ese mediante el cual una vieja comprende mejor que un hombre sabio?

Me parece que esta es la razón de que una mujer sea buena a los ojos de Dios: en la simplicidad de su comprensión, su corazón dulce, su espíritu más débil, son más fácilmente iluminados en su interior, de modo que, en su deseo, comprende mejor la sabiduría que emana del cielo, que un hombre duro que en esto es más torpe.[27]

¿Cómo es posible que una mujer sea capaz de percibir de Dios algo que los hombres sabios no? y, entonces, este franciscano hace un estudio precioso de la feminidad: la mujer está más preparada para entender porque es receptora por naturaleza y, al ser receptora, es dulce y, al ser dulce, es capaz de percibir la dulzura de la unión.

También hay algún que otro cardenal que defiende y protege a las beguinas. Por ejemplo el cardenal de Vitry que dice de ellas: «Su nombre debe ser conservado y su voz transmitida. Mujeres audaces y bienaventuradas que nos recuerdan por qué y para qué hemos nacido». Esto, dicho en el siglo XIII acerca de las mujeres, nos parece, con los prejuicios de hoy, una cosa inaudita.

Las beguinas cumplieron una misión importante: formar, educar, cultivar. Muchas de ellas volvían al mundo, sus votos eran temporales, vivían una temporada y salían; otras entraban cuando eran mayores y al revés. Fue una fluidez, una libertad, que no daban las órdenes religiosas. Era una capacidad de vivir el amor libremente sin porqué, que dirá Beatriz de Nazaret (1200-1268), una monja cisterciense formada por las beguinas. Desde Flandes, en el norte de Francia y en Alemania, este movimiento se extendió por toda Europa; aunque su presencia fue especialmente importante en Centroeuropa, hay noticia de beguinas en Cataluña y en el reino de Castilla. La historia nos dice que en siglo y medio existieron unas doscientas mil beguinas, de ellas conocemos nada más que pequeños núcleos o lo escrito por algunas mujeres que nos han dejado algo de sí mismas.

La Iglesia oficial pronto empezó a mirar con desconfianza a estas mujeres, porque eran libres, no estaban sometidas ni a una regla ni a un marido - como dijo un eclesiástico -, porque ponían en evidencia la miseria moral y espiritual del mundo clerical y, de forma muy especial, porque expresaban sus experiencias místicas y su doctrina en lengua vulgar y podían ser entendidas por todo el mundo. A pesar de contar con frecuencia con la protección de la orden cisterciense y en ocasiones de algunos obispos, las beguinas empezaron a ser perseguidas, a algunas no les quedó más remedio que ingresar en monasterios convencionales, otras tuvieron que sumergirse y aparentemente desaparecer, alguna se encontró con la hoguera de la Inquisición[28], si bien el movimiento continuó durante siglos en Centroeuropa, pero con mucha más prudencia en sus manifestaciones exteriores. Su actitud y su experiencia, sin embargo, han llegado hasta nosotros y hoy parecen recobrar un nuevo atractivo, tanto por su doctrina basada en una mística experiencial como por su forma de vida absolutamente moderna en un mundo que ama la libertad y huye de los encorsetamientos institucionales.

Notas:

[1] cf. Pernoud R. Para acabar con la Edad Media. J.J.Olañeta Palma de Mallorca 1999

[2] Tabuyo M. “Introducción” a la edición de El lenguaje del deseo.Trotta, Madrid 1999

[3] No nos referiremos, por tanto, de santas que, por una parte, son más conocidas y que, por otra, su obra escrita, cuando existe, refleja una menor novedad que aquellas a las que vamos a referirnos, como pudieran ser una Clara de Asís (1193-1253) o una Catalina de Siena (1347-1380) cuyos caminos, rebosantes sin duda de Amor y de devoción a la Dama Pobreza, se inscriben dentro de las espiritualidades más conocidas.

[4] La reclusión en pequeñas celdas, adosadas a iglesias o monasterios, de forma permanente o temporal se convirtió en aquella época en una práctica frecuente, como modo de vida eremítica en la ciudad, que sustituía a los antiguos desiertos ante la inseguridad de los campos. En general no solían ser monjas y acababan teniendo un gran influencia espiritual en su entorno.

[5] Libro II de la Vida de Hildegarda de Theorich de Echternach, que contiene numerosos relatos autobiográficos de nuestra protagonista

[6] Carta a Guibet de Gembloux

[7] “Testimonio inicial”, Scivias, Trotta, Madrid 1999

[8] Citado por Cirlot V./Gari B. La mirada interior. Martinez Roca, Barcelona 1999

[9] Cf. nota 4

[10] Cf. Cirlot V./Gari B. o.c. ; Epiney-Burgard G./Zum Brumm E., Mujeres trovadoras de Dios. Paidós, Barcelona 1998; Tabuyo M. o.c.; Garí B./Padrós Wolff A. “Introducción” a la edición de Espejo de las almas simples y Hermana Katrei; Dinzelbacher J. (editor), Icaria, Barcelona 1995; Diccionario de la mística Monte Carmelo, Burgos 2000; y el Dictionaire de Spiritualitè Beauchesne, París 1936-1995

[11] Diwan de Poesía Sufí. Trotta 2001

[12] Cf. “Introducción” de P. M. Bernardo a la edición de Las Cartas de Hadewich de Amberes, Ed. Paulinas, Madrid 1986

[13] Tabuyo M. o.c.

[14] Bernardo de Claraval, Sermones sobre el Cantar de los Cantares, 70

[15] Orígenes (+253): filósofo y teólogo alejandrino, discípulo del neoplatónico Ammonio Sakkas, maestro de Plotino, se esfuerza por hacer del cristianismo una filosofía mística y propone una “gnosis” auténtica, que puede penetrar en el auténtico sentido de las Escritura sagradas y que debe permitir al hombre recuperar la unión con Dios mediante una purificación, un conocimiento y una perfección crecientes.

[16] Bernardo de Claraval (1091-1153) miembro de una familia de la nobleza borgoñón, ingresa los veintidós años, acompañado por treinta amigos y familiares, en el monasterio de Citeaux, en donde la recién creada orden del Cister busca un retorno a la primitiva regla de san Benito, en una vida más austera y radical. Más tarde fundó el monasterio de Claraval, del que fue abad hasta su muerte. De gran influencia en la vida política y religiosa de su época, y en la vida monástica en general, desde el punto de vista de la mística describe la experiencia como un diálogo de amor entre el esposo y la esposa, en el marco de su comentario al Cantar de los Cantares

[17] Guillermo de Saint-Tierry (1090-1148) amigo de Bernardo, de sólida formación filosófica y buen conocedor de la filosofía neoplatónica y de los Padres griegos, con los que comparte, entre otras cosas, una antropología positiva, lejos del pesimismo agustiniano que prevaleció en la teología romana: el hombre descubre en sí mismo la imagen de Dios que Él mismo ha impreso en el hombre y que le impulsa, movido por el amor, a buscar la unión. Como los Padres Griegos defendió una teología que sea, ante todo, teología mística, fruto de la experiencia.

[18] Carta a los hermanos de Monte Dei. Sígueme, Salamanca 1995

[19] II Pedro I,4

[20] Cf. Romanos VII,15 y Efesios I,5

[21] La Gnosis Sufí (I), Nur, Madrid 1998

[22] Génesis I, 26-27

[23] I Juan III,2

[24] Señalan Cirlot V. y Garí B. o.c.

[25] Southern L’Église et la societé dans l’Occidente medieval, citado por De Libera A. en Eckhart, Suso, Tauler y la divinización del hombre.J.J. Olañeta 1999

[26] Nurbakhsh J. En el Camino Sufí. Nur, Madrid 1998

[27] Comentario del franciscano Lamberto de Ratisbona en su obra La hija de Sión, obligada referencia cuando se habla de las mujeres de esta época y que nosotros tomamos de Epiney-Burgard G./Zum Brumm E., o.c.

[28] Se dice que también Juana de Arco (1412-1431) era beguina, o nacida en un ambiente de beguinas, aunque, en este caso, no fue ésta la causa, sino la política, la que la condujo a la hoguera, bajo la falsa acusación de herejía. http://www.webislam.com/?idt=6095

Pero entre todas ellas, también, cabe destacar a Marguerite Porete, que escribió en francés el libro antes mencionado, “Espejo de las Almas Simples y anonadadas”,

obra que la llevó al cadalso inquisitorial en 1310.

Marguerite Porete nació hacia 1250 posiblemente en Valenciennes, Francia. Fue una mística acérrima y tradujo las obras del también místico alemán Johannes Eckhard. Tras escribir su obra, la ofreció ante el obispo de Châlons, Pierre de Latihy, el cual la designó como herética. Se le obligó a retirar su obra de circulación, pero ella se negó siendo entonces el libro condenado y quemado en 1306. En 1309, en París, la obra vuelve ser condenada y ella es detenida y juzgada por el Santo Oficio. El 31 de mayo de 1310 es condenada cumpliendo la ejecución de pena de cremación al día siguiente.

La obra que la llevó a la hoguera estaba escrita en francés antiguo y las almas a que hace referencia son aquellas que son tocadas por Dios y lo pierden todo, quedando sólo el amor divino. Escrita a modo de conversaciones, los diálogos alegóricos entre el Amor y la Razón son vistos como heréticos a ojos de los inquisidores. Estos habían traducido la obra al latín (Speculum Simplicium Animarum), gracias a lo cual nos ha podido llegar hasta nosotros, ya que desde el último tercio del siglo XIV aparecieron regularmente traducciones al italiano, inglés y alemán.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Desde Otra Fuente ¿Qué es el Martinismo?

Desde Otra Fuente ¿Qué es el Martinismo?

Teosofía Martinista

El Martinismo es un sistema peculiar de Misticismo Cristiano fundamentado en una concepción Tradicional del origen del Hombre, su lugar en la creación y la relación que existe entre él, Dios y el Universo, según la doctrina recogida y promulgada por Louis-Claude de Saint-Martín, conocido como "El Filósofo Desconocido". Esta doctrina justifica una teosofía que revele al hombre la Sabiduría de Dios, la verdad, el camino y la vida. El Martinista es un amigo de Dios y de la Sabiduría. Su objetivo es alcanzar la Regeneración de la Humanidad a través de la Reintegración del individuo en su estado glorioso primigenio anterior a la caída.

Los Martinistas son individuos libres, respetuosos y tolerantes con los pensamientos divergentes, e indiferentes a tabúes o preconceptos de cualquier especie. Los Martinistas se ligan por su propia y libre voluntad a la humanidad, la naturaleza y a Dios, tomando con sus trabajos una gradual conciencia del sagrado carácter de este vínculo. En sus reuniones solamente los Martinistas son aceptados; las iniciaciones y sus respectivos grados se reciben según mérito propio, donde la antigüedad no tiene ningún valor efectivo o determinante.
Resaltemos sobre todas las definiciones y teorías que el Martinismo es un estado del Ser, una forma de vida, un Camino, y más que explicado debe ser sentido y vivenciado, para, a través del SILENCIO, poder llegar a su Corazón realizando en nuestro Ser su objetivo principal: la Reintegración de la humanidad en el seno del Absoluto.

Caballería Cristiana

Según Papus, fundador de la Orden Martinista, esta constituye una Caballería Espiritual Cristiana operando bajo una gran discreción. "La Orden Martinista es una sociedad mística […], un centro activo de difusión iniciática […] constituido para propagar las líneas de la tradición occidental cristiana […]. Otra característica es la de aceptar en su seno a hombres y mujeres […]. La tercera característica del Martinismo es la de ser cristiano. El Martinismo defiende la acción del Cristo. El Martinista es el caballero de la idealidad cristiana. Mediante la enseñanza oral de la tradición occidental cristiana pone a punto al alma para percibir la vivificante acción del Verbo divino del Cristo glorioso…" "La Orden en su conjunto es ante todo una escuela de caballería moral, que se esfuerza en desarrollar la espiritualidad de sus miembros por el estudio del mundo invisible y de sus leyes, por el ejercicio de la devoción y del esfuerzo intelectual, y por la creación en cada espíritu de una fe cada vez más sólida, basada en la observación y en la ciencia (…)" (A propósito del Martinismo).

En su obra "Martinezismo, Willermozismo, Martinismo y Francmasonería", Papus escribe: "… resaltemos que la Orden recibió de Saint-Martin el Pantáculo y el nombre místico de Cristo, Ieshuah, que adorna todos los documentos oficiales del Martinismo. Es necesaria la mayor fe de un clérigo para creer que ese nombre sagrado se relacione con otro diferente del de Jesús Cristo, el Divino Verbo Creador". "La filiación Martinista se mantuvo viva gracias a pequeños grupos muy dinámicos, que efectuando un modesto ocultismo fiel a la conservación de la tradición iniciática del espiritualismo, caracterizado por el Misterio de la Santísima Trinidad y los misterios de Cristo, la alejaron de todo sectarismo".

Papus planteó así las líneas maestras de esta caballería espiritual y moral basada principalmente en la caridad cristiana, y contrariamente a lo que puedan pensar algunos frente al volumen y la diversidad de su obra, interesada en divulgar y justificar aquello que hasta la época era denominado "Ciencia oculta", nos da muestras de estos ideales sin distracciones: "El camino del desarrollo espiritual es sencillo y claro: vivir siempre para los demás y nunca para uno mismo, hacer a los demás lo que os gustaría que os fuera hecho en todos los niveles; jamás hablar mal ni pensar mal de los ausentes. Hacer antes lo que cuesta que lo que gusta. Éstas son algunas de las fórmulas de este camino que conduce a la humildad y la oración. […] El camino místico necesita pues de una ayuda permanente en todos los niveles de evolución y de percepción. En el plano físico, ayuda de los compañeros y de los maestros que enseñan con el ejemplo; en el plano astral, ayuda de los pensamientos de devoción y de caridad que iluminan el camino y permiten superar las pruebas por la paz del corazón; finalmente, en el plano espiritual, ayuda de los espíritus guardianes mantenida por la compasión por todos los pecadores, la indulgencia por todas las debilidades humanas, y la oración por todos los ciegos y los enemigos. Entonces las sombras terrestres se disuelven poco a poco, la cortina se descorre durante unos segundos y la sensación divina de la Oración comprendida llena el corazón de coraje y de amor". Con estos ideales, que inspiran el ritual Martinista, la invocación en todos los trabajos de Ieshuah, el divino Reparador, y "bajo los auspicios del Filósofo Desconocido, nuestro Venerable Maestro", se opera en la búsqueda y la realización de la única iniciación que proclama Saint-Martin como verdadera: "aquella por la que podemos entrar en el corazón de Dios y hacer entrar el corazón de Dios en nosotros, para hacer un matrimonio indisoluble que nos haga el amigo, el hermano y el esposo de nuestro divino Reparador" (1).
NOTAS:
(1) Carta a Kirchberger, 19 de junio de 1797.

La Vía del Reparador

Reconociendo el carácter místico y cristiano de la Orden, respetando en todo momento la libertad del individuo, agrupando a aquellos que silenciosa y pacientemente buscan la verdad, siempre se ha mantenido en el Martinismo un espíritu abierto y respetuoso con otras vías tradicionales, pues la experiencia de lo divino trasciende a las formas que se acercan a ella y, lejos de separar, une aún más a los hombres que se reconocen así como participando de la misma naturaleza celestial; pero le será más difícil mantener el rumbo adecuado al peregrino que se distrae en los cruces de caminos. R. Ambelain nos dice: "La Verdad es una, y las doctrinas esotéricas no son más que rayos que de ella escapan. Sin duda. Pero es necesario que cada una ocupe su lugar; no es armonioso que un lama predique el evangelio, que un imán enseñe el tantrismo, que un yogui sólo afirme las Tríadas y que un cabalista se declare taoísta" (1). Respetando así las vías que han sido abiertas, la ascesis Martinista sigue la luz de Ieshuah, nuestro guía, el Reparador, encarnado para guiarnos en el camino de la Reintegración renaciendo continuamente en los corazones iluminados e inflamados por el Espíritu Santo. Pero es que la Potencia de este Reparador, Espíritu doblemente fuerte u Octonario (2) que Dios envió para regenerar al Adán Kadmón caído en la materia, es universal. "Toda la religión Cristiana [religión en su verdadero sentido de religar al hombre con Dios] está basada en el conocimiento de nuestro origen, de nuestra actual condición y de nuestro destino. Ella muestra primero cómo de la unidad caímos en la diversidad, y cómo podemos retornar al estado primordial. Segundo, muestra lo que éramos antes de volvernos desunidos. En tercer lugar, explica la causa de la continuación de nuestra presente desunión. Y, en cuarto lugar, nos instruye sobre el destino final de los elementos mortales e inmortales dentro de nuestra constitución. Todas las enseñanzas de Cristo no tienen otro objetivo que el de mostrar el camino para volver a ascender de un estado de diversidad y diferenciación a nuestra unidad original…" (3), porque "Todo lo que es coeterno con ella [con la Unidad] es perfecto. Todo lo que se separa de ella está alterado o es falso" (4).

NOTAS:
(1) Le Martinisme. Histoire et doctrine. Robert Ambelain. Ed. Niclaus, París. Pág. 158.
(2) Doctrina de la Reintegración de los seres. Martinez de Pasqually.
(3) Vida y doctrina de Jakob Böhme. Franz Hartman. (Citas seleccionadas de la obra de J. B.)
(4) De los números, epígrafe X. Saint-Martin.

Filósofo de la Unidad

El Martinista se considera así como el FILÓSOFO o AGENTE DE LA UNIDAD, título que jamás adquirirá a través de la ciencia profana ni a través de sincretismo de ningún tipo, ya que "Todas nuestras disputas y especulaciones intelectuales con relación a los misterios divinos son inútiles, pues se originan en fuentes externas. Los misterios de Dios sólo pueden ser conocidos por Dios; para conocerlos debemos primero buscar a Dios en nuestro propio centro. Nuestra razón y voluntad deben retornar a la fuente interior de la cual se originan; entonces llegaremos a la verdadera ciencia de Dios y sus atributos" (1). Si dedicamos nuestra vida sólo a cultivar el saber intelectual cuya complejidad hunde sus raíces en la imaginación y la razón humanas, percibiremos que cuanto más aprendemos, más se aleja de nosotros el límite de lo que nos queda por aprender. Pero si en un solo instante nuestro corazón se abre a la fuente divina, la gnosis eterna (Sophia) romperá el velo que envuelve nuestro verdadero entendimiento revelándonos la sabiduría celeste, aquella de la cual la verdad humana no es más que un sombrío reflejo desfigurado y a veces pervertido. Es así que el verdadero cristianismo se hace universal, pues abiertos los ojos del espíritu, el ser regenerado se da cuenta de que "Todos nuestros sistemas religiosos no pasan de ser obras del intelecto. Debemos repudiar todos los deseos personales, disputas, ciencias y voluntad, si queremos restaurar la armonía con la madre que nos dio nacimiento en el principio; por el momento, nuestra alma es el quintal de centenas de animales maliciosos, que nosotros mismos colocamos allá, en el lugar de Dios, y a los cuales adoramos como si fuesen dioses. Tales animales deben morir antes que el principio Crístico pueda comenzar a vivir. El hombre debe retornar a su estado natural (pureza original), antes de poder volverse divino". "Sólo aquél en quien el Cristo existe y vive es un Cristiano, un hombre en quien el Cristo surgió de la carne estéril de Adán. Él será un heredero de Cristo -no por cuenta de méritos de nadie, ni por ningún favor concedido a él por un poder externo, sino por la gracia interna". "Él [el verdadero cristiano] posee una única ciencia, que es la del Cristo interior; sólo tiene un deseo, hacer el bien" (2). Así pues, el propósito de la Orden Martinista no es el de establecer maestros dogmáticos, sino más bien, al contrario, agrupar a sinceros estudiantes devotos de la hermandad de la verdad universal, oponiéndose a todo dogma, ostracismo y fanatismo. Desafortunadamente, quien no alcanza a entender el verdadero sentido de estas palabras en el contexto natural que les corresponde, camina justo en sentido contrario, no hacia el origen unificador del Cristo, sino hacia una proyección que divide hasta el infinito a la frágil razón humana, que se cree poderosa cuanto más atrapada se encuentra en la imaginación demoniaca y más se pierde así en los valles tenebrosos de la muerte. "Feliz, en verdad, es ese hombre que encuentra la sabiduría que le unifica y le une a Dios" (3).

NOTAS:
(1) Vida y doctrina de Jakob Böhme. Franz Hartman. (Citas seleccionadas de la obra de J. B.)
(2) Vida y doctrina de Jakob Böhme. Franz Hartman. (Citas seleccionadas de la obra de J. B.)
(3) La nube del no-saber y el libro de la orientación particular. Anónimo inglés s. XIV. Ed. San Pablo, 1.981. Pág. 224.

viernes, 29 de octubre de 2010

Historia de una Orden Tradicional





ORDEN MARTINISTA TRADICIONAL
Historia de una Orden Tradicional
por Christian Rebisse.

EL "HADA DE LA ELECTRICIDAD"
.

En 1889 se inauguró en París La 4ª Exposición Universal, que conmemoraba el centenario de La Revolución Francesa de 1789. Fue [a gran exposición donde triunfo el “hada de la electricidad”. La clave de esta exposición fue la inauguración de la Torre Eiffel, el gigantesco monumento metálico que se iba a convertir rápidamente en el símbolo del materialismo triunfante, de la tecnología y de la industria. ¿Era la encarnación de una nueva Torre de Babel? ¿Una nueva “Maison Dieu” “Casa de Dios” desde lo alto de la cual el hombre se arriesgaba a tener una mala caída. . .? Por esa misma época, el Martinismo se reorganizaba y publicaba la revista “La Iniciación”.
¿En base a qué fundamentos podían apoyarse los Martinistas de aquella época para elevar su Tem­plo y quiénes fueron los artífices de esa reconstrucción? Es a partirdel encuentro de Gérard Encausse (Papus) y de Augustín Chaboseau, ambos poseedores de una inicia­ción que les fue transmitida directamente por Louis-Claude de Saint Martin (1743-1803), cuando nace la Orden Martinista.











L.C. de Saint Martin

LOS ELUS-COHEN.
Louis-Claude de Saint-Martin fue discípulo de Martines de Pasqually. Este había creado, hacia 1754, la “Orden de los Elus-Cohen”. Martines de Pasqually proponía a sus discípulos trabajar para su reintegración a través de ¡a práctica de la teurgia. Esta ciencia se basaba en un ceremonial de gran complejidad, y aspiraba a lo ue Martinesde Pasqually llamaba la reconciliación del “menor”, el hombre, con la Divinidad. Esta teurgia se basaba en la relación del hombre con las jerarquías angélicas. Los ángeles constituían, según Martines de Pasqually, el único apoyo de que disponía el hombre después de su caída para conseguir la reconciliación (reintegración) con lo Divino. Contrariamente a lo que se piensa, el Martinismo no es la prolongación de la orden de los Elus-Cohen y, con mayor motivo, Martines de Pasqually no debe considerarse como el fundador de la Orden Martinista. En 1772, incluso antes de haber concluido la organización de su propia orden, Martines de Pasqually parte para Santo Domingo.
De ese viaje no regresará, pues muere en 1774. Después de la desaparición de Pasqually, algunos de sus discípulos continuarón la labor de difundirlas enseñanzas dándoles un tono particular. Entre esos discípulos se distinguen dos, Jean-Baptíste Willermoz y Louis-Claude de Saint-Martin.
Jean-Baptíste Willermoz, un ferviente adepto de la francmasonería y de la teurgia, entró en relación con la “Estricta Observancia Templaria” alemana. En 1782, en el congreso masónico que esta orden cele­bró en Wilheimsbad, J. B. Wiliermoz hizo integrar las enseñanzas de Martines de Pasqually en los grados altos de esta orden, los de “Profeso” y “Gran Profeso”. Sin embargo, él no transmitió a esta orden las prácticas teúrgicas de los Elus­Cohen. Durante ese congreso, la Estricta Observancia Templaria cambió su nombre por el de los “Caballeros Bienhechores de la Ciudad Santa”.

En cuanto a Louis-Claude de Saint-Martin, abandonó la francmasonería. Dejó a un lado la teurgia, la vía externa, en favor de la vía in­terna. En efecto, juzgaba que la teur­gia era peligrosa, y la invocación angélica la juzgó como poco segu­ra cuando sale al exterior. Por otro lado, se podría poner en boca de Saínt-Martin la frase de Angelus Silesius que, en su poema Querubínico, dice: “Alejaos, Serafines, ¡no podéis reconfortarme! Alejaos, ángeles, y todo lo que se puede ver relacionado con vosotros; yo me lanzo so­lo en el mar increado de la Deidad pura”. La herramienta y el crisol de esta misteriosa comunión debe ser, según Saint-Martin, el corazón del hombre. Quería “entrar en el corazón de la Divinidad, y hacer en­trar la Divinidad dentro de su pro­pio corazón”, y con este sentido es por lo que se llamó a esta vía, preconizada por Saint-Martin, la “vía cordial”. La evolución en la actitud de Saint-Martin se debió en gran parte al descubrimiento de la obra de Jacob Boehme. En su diario personal, dice: “A mi primer maestro es a quien debo mis primeros pasos en la vía espiritual, pero es al segundo a quien debo los pasos mas significativos que he consegui­do dar”. Enriqueció las ideas de su primer maestro y las de su segun­do maestro para construir con am­bas un sistema personal. Louis-CLaude de Saint-Martin transmitió una iniciación a algunos discípulos esco­gidos. (1)
Recordemos igualmente que tampoco Louis-Claude de Saint-Martin es, él mismo, el creador de una asociación que lleva el nombre de Orden Martinista. Por el contrario, se sabe que se constituyó alrededor de él un grupo (sobre 1795) al cual algunos de sus amigos se referían como “Círculo Intimo”, “Sociedad de los Íntimos”. Balzac, en “El lirio en el valle”, nos da testimonio de la existencia de grupos de los discípulos de Saínt-Martin: “Amiga íntima de la Duquesa de Borbón, Mme. de Verneuil formaba parte de una sociedad santa cuya alma era M. Saint-Martin, nacido en Touraine, y llamado el Filósofo Desco­nocido. Los discípulos de ese filósofo practican las virtudes aconsejadas por las altas (especulaciones) de la iluminación mística” (2). La iniciación transmitida por Louis­Claude de Saint-Martin perduró has­ta principios de siglo a través de diferentes filiaciones. A finales del siglo XVIII dos hombres eran depositarios de esa iniciación: el Doctor Gérard Encausse y Augustin de Chaboseau, cada uno por una filiación diferente. Examinemos rápidamente esas filiaciones.

LINAJE MARTINISTA.

Louis-Claude de Saint-Martin falleció el 13 de Octubre de 1803. Había iniciado a Jean Antoine Chaptal, un químico a quien debemos el descubrimiento de algunos proce­dimientos para la fabricación del alumbre y de la tintura del algo­dón, así como el procedimiento de vinificación que lleva el nombre de “Chaptalización”. Chaptal tuvo varios hijos, de los cuales una hija por su matrimonio se convirtió en la Sra. Delaage. Esta última tuvo un hijo, Henri Delaage, autor de numerosos libros sobre la historia de la iniciación antigua. H. Delaa­ge fue iniciado por alguien cuyo nombre no nos es conocido, proba­blemente su padre o su madre, pues cuando su abuelo (Chaptat) murió, el joven Henri Delaage so­lo tenía 7 años y era demasiado jo­ven para recibir esta iniciación. Henri Delaage transmitió esta iniciación a Gérard Encausse, en 1882.
Hacia mediados de 1803 Louis­Claude de Saint-Martin estuvo aloja­do en casa de su amigo el Abad de la Noue, en Aulnay. Había iniciado a éste mucho tiempo antes de su muerte. Este eclesiástico, sacerdo­te libre y hombre de una cultura enciclopédica, inició al abogado Antoine-Louis Marie Hennequin. Este último inició a Hyacinthe Joseph­-Alexandre Thabaud de Latouche, más conocido por su nombre de escritor Henri de Latouche, quien inició a su vez a Honoré de Balzac y a Adolphe Desbarolles, el Conde de Authencourt, a quien debemos un célebre tratado de quiromancia. Este último inició a la sobrina de Henri de Latouche, Amélie Nou~l de Latouche, Marquesa de Boisse­Mortemart, la cual a su vez inició a su sobrino, Augustin de Chaboseau, en 1886 (3).

LA CREACIÓN DE LA ORDEN MARTINISTA.

Por medio del encuentro de estos dos “descendientes” de Louis­-Claude de Saint-Martin, Augustin Chaboseau y Papus, es como va a nacer una orden iniciática que tomará el nombre de “Orden Martinista”. Papus y Augustin Chaboseau eran dos estudiantes de medicina. Un amigo común, P. Gaëtan Leymarie, director de “la Revista Espiritista”, conociendo el interés de ca­da uno de ellos por el esoterismo, se encargó de organizar su encuen­tro. Los dos estudiantes de medici­na enseguida se hicieron amigos y no tardaron en darse cuenta de que ambos eran depositarios de una iniciación que remontaba a Louis-Claude de Saint-Martin. En 1888 pusieron en común lo que habían recibido uno y otro y deci­dieron transmitir la iniciación de la que eran depositarios a algunos buscadores de la verdad. Para ello crearon una Orden iniciática y le dieron el nombre de “Orden Martinista”.










Papus

!Qué actividad! ya había fundado la “Escuela Hermética”, había organizado la Orden Martinista, había creado las revistas “La Iniciación”, “El Velo de Isis” y había escrito “El Tratado Elemental de las Ciencias Ocultas” (a los 23 años) y “El Tarot de los Bohemios” (a los 24 años). Sus colaboradores, aparte F.Ch. Barlet, tampoco eran mucho mayores que él. A partir de 1887 1887 debe su interés por el esoterismo al descubrimiento de las obras de Louís Lucas, químico, alquimista y hermetista. Apasionado con el ocultismo, estudia los libros de Eliphas Levi. Entra en contacto con el dirigente de la revista Teosófica “El Loto Rojo”, Félix Gaboriau, conoce a Barlet (Albert Faucheux) un erudito ocultista. En 1887, Papus se une a la Sociedad Teosófica, fundada algunos años antes por Madame Blavatsky y el Coronel Olcott.

El CONSEJO SUPREMO 1891.

En poco tiempo, Papus comenzó a disonar de la Sociedad Teosófica. Esta organización tenía una concepción muy orientalista y budista del esoterismo; esa misma posición iba a disminuir, e incluso iba a suprimir toda perspectiva de un esote­rismo occidental real. Esta actitud, que preconizaba una superioridad absoluta de la tradición oriental, escandalizó a Papus. Pero en el horizonte se de lineaba un peligro mas grave aún. Sin él, nos dice Papus, la tradición occidental habría podido continuar transmitiendo su antorcha de iniciado a iniciado en el silencioy en el incógnito.
En efecto, según Papus y Stanislas de Guaita, ciertos ocultistas intentaron desplazar el eje de gravitación del esote­rismo para colocarlo fuera de Paris, la tierra de elección;“Así pues se decidió en Haut Lieu (Lugar elevado), (aclara mis­teriosamente Papus), que debía empren­derse un movimiento de difusión para seleccionar a los verdaderos iniciados, capaces de adaptar la tradición occidental al siglo que empezaba”. Su fin era el preservar la perennidad de esta tradición y contrarrestar la maquinación encaminada a conducir a los buscado­res sinceros hacia una situación crucial. El Martinismo fue el crisol de esta transmutación. Papus dimitió de la Sociedad Teosófica en 1890, y desde ese momento el Martinismo se organizó de una manera más precisa.









P. A. Chabuseau

Las iniciaciones martinistas se hicieron más numerosas y al año siguiente, en julio de 1891, la Orden Martinista creó un Consejo Supremo compuesto por 21 miembros (4). Se procedió a la elección para designar al Gran Maestro de la Orden y allí fue elegido Papus para este cargo. Gracias al talento de Papus y a la ayuda material de Lucien Mauchel (Chamuel), la or­den se extendió rápidamente. Se crearon las primeras logias martinistas y Paris contó muy pronto con cuatro logias: “La Esfinge”, dirigi­da por Papus, donde se hacían los estudios generales. “Hermanubis”, dirigida por Sédir, donde se estudiaba el misticismo y la tradición oriental. “Velleda”, dirigida por Victor-Emite Michelet, que se dedicó al estudio del simbolismo. “Esfinge” quedó reservada a las adaptaciones artísticas. En varias ciudades france­sas, e incluso en el extranjero, se formaron grupos martinistas. La Orden Martinista tomó una gran expansión en el extranjero: Bélgica, Alemania, Inglaterra, España, Italia, Egipto, Túnez, Estados Unidos, Argentina, Guatemala, Colombia. En el número del mes de Abril de 1898 de “La Iniciación” se explica que en 1897 existían 40 logias en el mundo y que en 1898 ese número aumentó a 113.

LA FACULTAD DE CIENCIAS HERMÉTICAS.

Los Martinistas querían renovar el esoterismo occidental; sin embargo, no existía ningún lugar en Fran­cia donde se pudieran estudiar las ciencias herméticas. Papus reflexio­nó sobre esto y se dijo: “Puesto que existen facultades donde se pueden aprender las ciencias mate­rialistas, ¡por qué no podría haber una donde se pudieran estudiar las ciencias esotéricas!”. Así pues, los Martinistas constituyeron un gru­po que organizaba cursos y conferencias con el fin de mostrar a los buscadores los valores del esoteris­mo occidental. Ese grupo constituyó el vivero de donde fueron seleccionados los futuros Martinistas. Se convirtió en el círculo externo de La Orden Martinista y tomó el nombre de “Escuela Superior Libre de las Ciencias Herméticas”. Más tarde tomó el nombre de “Grupo Independiente de Estudios Esotéricos”, después el de “Escuela Her­mética” y “Facultad de Ciencias Herméticas”.
Eran numerosos los cursos y los temas que se estudiaban allí e iban desde la Cábala a la Alquimia y el Tarot, pasando por la historia de la filosofía hermética, o sea, alrede­dor de unos doce cursos al mes. Los profesores más asiduos eran Papus, Sédir, Victor-Emite Michelet, Barlet, Augustin Chaboseau, Sisera­.... Una sección en particular es­tudiaba las Ciencias Orientales, bajo la dirección de Augustin Chabo­seau. Otra, bajo la dirección de F. Joliivet-Castetlot, se dedicaba a la Alquimia. Este grupo tomó el nom­bre de “Sociedad Alquímica de Francia.

LA ORDEN CABALÍSTICA DE LA R+C.

Si los Martinistas habían constituido un círculo externo, “El Gru­po Independiente de Estudios Eso­téricos”, a su vez, también creó un círculo interno, “La Orden Caba­lística de la Rosa+ Cruz”. El 5 de Julio de 1892 la Orden Martinista y la Orden Cabalística de La Ro­sa+ Cruz se unieron por medio de un tratado. Para Stanislas de Guaita, “el Martinismo y la Rosa Cruz cons­tituían dos fuerzas complementarias, en todo el ámbito científico del tér­mino” (5). Esta Orden había sido renovada en 1889 por Staníslas de Guaita y Josephin Péladan. La entrada en esta orden estaba estrictamen­te reservada a los Martinistas “S.l.” que poseyeran ese grado por lo me­nos desde tres años antes y que reu­nieran unas condiciones particula­res. El número de miembros debía estar limitado a 144 pero parece que ese número nunca se alcanzó. La Orden Cabalística de la Rosa+ Cruz tenía como fin perfeccionar la formación de los S.l. Se dividía en tres grados de estudios con diplo­mas de: Bachiller en Cábala, licenciado en Cábala y doctor en Cábala. Después de la muerte de Stanislas de Guaita en 1897 (o sea, 8 años después de su creación), Barlet fue designado para dirigir la Orden, pe­ro nunca ejerció su función y la Orden Cabalística de la Rosa+ Cruz quedó más o menos en estado dur­miente. Papus la pone de nuevo en actividad, sin éxito, y dura hasta la primera guerra mundial en 1914.







Orden Kabbalistica de la R+C.

Para expandir la iluminación, los Martinistas no dudaron en buscar alianzas con otras sociedades iniciáticas. Así, en 1908, Papus organizó una gran convención espiritualista internacional en Paris, que reunió por [o menos unas treinta organiza­ciones iniciáticas. El secretario de esta amplia tentativa era Victor Blanchard, un Martinista que reto­mó esta idea algo más tarde para organizar la F.U.D.O.S.I. Desgracia­damente, en sus numerosas alian­zas, Papus se dejó a veces arrebatar por el entusiasmo de sus colabora­dores, como pasó con la “Iglesia Gnóstica”. Esta iglesia había sido fundada por Jules Doisnel hacia 1889, después de una experiencia espiritista. Se dice a menudo que la Iglesia Gnóstica llegó a ser la igle­sia oficial de los Martinistas. De hecho la importancia de esta alianza ha sido aumentada por ciertos seu­dosucesores de Papus. Si se alió con numerosas organizaciones: “Los Iluminados”, “Los Babístas” (persas), “El Rito Escocés” o “Menphis Misraim”, la Orden Martinista no por eso dejó de guardar su indepen­dencia. En esa época, era normal pertenecer a varias organizaciones iniciáticas al mismo tiempo, mu­chos abusaron y algunos fueron contaminados por una terrible en­fermedad que acometía a los “seu­doiniciados”, “la cordonitis”. Papus y la mayor parte de los dirigen­tes Martinistas habían tomado im­portantes responsabilidades en la FrancMasonería egipcia del rito de Menphis-Misraim. ¡Comparados con los 97 grados de este rito, los pocos grados del Martinismo parecían bien pobres! Algunos Martinistas, turbados por los títulos atracti­vos de los grados de Memphis-Misraím, no se tomaron ni siquiera el tiempo de estudiar sus enseñanzas, muchos se hundieron en un cierto sincretismo iniciático y se olvidaron del propósito de la iniciación y de sus fundamentos, para perderse en sus formas.

LA GUERRA DE 1914-1918.

Podemos decir que con la prime­ra guerra mundial la Orden entró en estado letárgico. Cada uno se aprestó a defender a su patria. Papus se trasladó voluntariamente al frente. Fue médico jefe, con el grado de capitán. Consideraba sagrado el deber hacia su país. Augustín Chaboseau, reformado, se alistó en los gabinetes ministeria­les de Aristide Briand, primero en el de Justicia, después en la Presi­dencia del Consejo. Papus murió antes del final de la guerra, el 25 de Octubre de 1916. Después de la guerra, los miembros del Consejo Supremo se estaban dispersados y no hubo elección de un nuevo Gran Maestro. “Sin Papus, el Martinismo ha muerto” exclamó Joilivet Castelot (6). No obstante, varios Martinistas intentaron tomar la dirección de la Orden. Modificaron de tal manera la naturaleza del Martinismo, que muchos Martinistas prefirieron no asociarse a tales proyectos y mantenerse independientes.

LAS SUCESIONES EFÍMERAS.

En esa época nacieron varios grupos martinistas, pero la mayor par­te de esas organizaciones tuvieron una existencia bastante efímera, sólo se componían de algunos grupos, todos ellos independientes. Cuando un Martinista ruso preguntó en esa época a Barlet, quién era el jefe de la Orden en Francia, éste res­pondió con una sonrisa: “El Martinismo es un círculo cuya circunfe­rencia está en todas partes y el cen­tro en ninguna parte... “(7). Ve­amos rápidamente cuáles fueron las organizaciones de este periodo transitorio que a menudo resulta oscuro, debido a que algunos histo­riadores han disfrutado confundien­do vestigios. La primera de la que hablaremos es la que se formó bajo la dirección de Jean Bricaud. Este afirmó que Teder había sucedi­do a Papus y que Teder, en su le­cho de muerte, le había designado como su sucesor. Enseñó a los Martinistas parisienses un documento que atestiguaba su nombramiento al frente de la Orden. Ningún miem­bro tomó en serio ese documento, que probablemente Bricaud había escrito él mismo, y no aceptaron reconocerle (8). Sin embargo, en Lyon se formó un pequeño grupo bajo su autoridad, transformó el Martinismo “masonizando” atrevi­damente la Orden, y reservando su acceso solamente a los miem­bros que tuvieron la categoría de masones y titulares del grado 18. Ese grupo creó una clase de Martinismo que no tenía casi nada que ver con el que habían creado Papus y Augustin Chaboseau. Además, Jean Bricaud reivindicó abusivamen­te una afiliación de Elu-Cohen. Robert Amberlaín demostró que esta pretensión no estaba basada sobre ningún fundamento (9). El movimiento de Bricaud permaneció cir­cunscrito a Lyon (10).







H. Spencer Lewis

Se formó un segundo grupo bajo la dirección de Victor Blanchard. Este último había sido el Maestro de la Logia Parisiense “Melchissedec” y fue reconocido por una parte de los Martinistas parisienses que se agruparon a su alrededor. El 11 de Noviembre de 1920 el “Journal Officiel” anunció la constitución de una Orden bajo el nombre de “Unión General de los Martinistas y los Sinárquicos” u “Orden Martinista Sinárquica”. En 1934, H. Spencer Lewis fue iniciado en esta orden por Victor Blanchard.
Algo más tarde recibió una carta nombrándole Gran Inspector para las tres Américas, una carta como Soberano Legado y Gran Maestro para los Estados Unidos de América y la autorización de crear en San José el Templo “Louis-Claude de Saínt-Martin” (Ralph Maxwell Se formó un segundo grupo bajo la dirección de Victor Blanchard. Este último había sido el Maestro de la Logia Parisiense “Melchissedec” y fue reconocido por una parte de los Martinistas parisienses que se agruparon a su alrededor. El 11 de Noviembre de 1920 el “Journal Officiel” anunció la constitución de una Orden bajo el nombre de “Unión General de los Martinistas y los Sinárquicos” u “Orden Martinista Sinárquica”. En 1934, H. Spencer Lewis fue iniciado en esta orden por Victor Blanchard. Algo más tar­de recibió una carta nombrándole Gran Inspector para las tres Américas, una carta como Soberano Legado y Gran Maestro para los Estados Unidos de América y la autorización de crear en San José el Templo “Louis-Claude de Saínt-Martin” (Ralph Maxwell Lewis sería inicia­do igualmente en esa Orden en Septiembre de (1936). Más adelante volveremos sobre la Orden Martinista Sinárquica.
En París, se formaron vanos grupos independientes pero no hubo realmente un Consejo Supremo re­conocido como tal por el conjun­to de los Martínistas. De hecho, la mayoría de los Martinistas, más que lanzarse a luchar por la sucesión, prefirieron continuar trabajando en la sombra, quedando aislados.

EL NACIMENTO DE LA ORDEN MARTINISTA TRADICIONAL.

La situación no parecía tener Salida. En 1931 Jean Chaboseau sugirió a su padre que reuniera a los supervivientes del Consejo Supremo de 1891 para volver a hacerse cargo de la situación y poder restablecer la Orden Martinista sobre sus verdaderas bases. Los únicos supervivientes, aparte de Augustin Chaboseau, fueron Victor-Emile Michelet y Chamuel.













V.E. Michelet

No olvidemos que Augustin Chaboseau fue el cofundador del Martinismo de 1889 y había recibido su iniciación por vía directa de su tía Amélie de Boisse-­Mortemart. Victor-Emile Michelet había sido un miembro im­portante de la Universidad Hermética y Maestro de la Logia “Velleda”; en cuanto a Chamuel, había sido el organizador material de la Orden, en la trastienda de su librería, que había acogido las primeras actividades de la Orden. Otros Martinistas se unieron a ellos: el Dr. Octave Béliard, el Dr. Robert Chapelain, Pierre Levy, Ihamar Strouvea, Gustave Tautain ... así como Philippe Encausse, el hijo de Papus. Este último frecuentó durante algún tiempo la Orden Martinista Tradicional, después se apartó. En aquella época sus preocupaciones parecían es­tar en algún otro sitio. El libro que consagró ala memoria de su padre, al año siguiente, parece demostrar esta postura suya (11). El 24 de Ju­lio de 1931, los Martinistas, reuni­dos alrededor de Augustin Chaboseau, decidieron despertar el Marti­nismo bajo su aspecto auténtico y tradicional. Para distinguirlo de las numerosas organizaciones pseudomartinistas que existían, añadieron al nombre de la Orden el calificati­vo “Tradicional”. Por medio de es­te acto, los supervivientes del Consejo Supremo de 1891 revindicaron “la perennidad de la Orden fun­dada por ellos junto con Papus” (12).
El Martinísmo volvió a tomar fuerza y vigor. Se procedió a la elección del Gran Maestro y como lo reque­ría la Tradición, fue el miembro más antiguo quien resultó elegido para este cargo: Augustin Chaboseau. Este, a partir de Abril de 1932, prefirió dejar esta función a Victor Emile Michelet. Aunque en activo, la Orden permaneció relativamente discreta bajo la dirección de es­te último. A la muerte de Michelet, el 12 de Enero de 1938, nuevamente Augustin Chaboseau fue el Gran Maestro de la Orden Martinista Tradicional.

LA GUERRA DE 1939-1945.

La Tradición Martinista se instaló de nuevo al otro lado del Océano Atlántico. Fue un buen momen­to, ya que unos meses más tarde los Martinistas europeos iban a co­nocer una nueva prueba, la segun­da guerra mundial. Esta tendría fuer­tes consecuencias, pues numerosos Martinistas perderían la vida en los campos de batalla o en los campos de concentración. Poco después del comienzo de las hostilidades, el 14 de Agosto de 1940, el periódi­co oficial publicó un decreto guber­namental de Vichy prohibiendo en Francia todos las organizaciones se­cretas. La mayoría de los responsa­bles de esas oganizaciones fueron arrestados. La Orden Martinista Tradicional pasó oficialmente a estar durmiente en Francia, pero de he­cho el verdadero trabajo no cesó, y las Logias “Athanor” y “BrocéLíande” permanecieron secretamente activas. Augustin Chaboseau refugia­do en Bretaña, no se inquietó demasia­do, pero el Dr. Béliard tuvo algunos contratiempos con la Gestapo. Georges Lagréze se vió obliga­do a ocultarse en Normandia, después en Angers y, a pe­sar de las incesantes indagaciones en su domicilio, permane­ció en contacto con Ralph M. Lewis por mediación de Jeanne Guesdon.
Después de la guerra, en 1945, no quedaban más que algunos su­pervivientes. Bajo la dirección de Augustin Chaboseau, la Orden Martinista Tradicional se recobró oficial­mente. Pero, Augustin Chaboseau pasó la transición el 2 de Enero de 1946 y Georges Lagreze falleció en Angers el 16 de Abril de 1946. Con ellos, la Orden en Francia per­dió los elementos esenciales. Jean Chaboseau fue elegido como suce­sor de su padre. Jean Chaboseau era un Martinista de valor, pero no tenía sentido de organización. No tuvo éxito en reorganizar la Or­den en Francia. Los miembros del Consejo Supremo le retiraron po­co a poco su confianza y le dimitie­ron. Aquí es necesario aclarar que algunos Martinistas hicieron todo lo posible para hacerle difícil su ta­rea, y harto de querellas, él prefirió dejar a la Orden durmiente. Los Martinistas belgas, bajo la dirección de Sár Renatus (René Rosart), inten­taron continuar el trabajo de la Or­den bajo el nombre de “Orden Mar­tinista Universal”. Victor Blanchard aprobó esta Decisión, pero la muer­te de René Rosart en Octubre de 1948 puso freno a la evolución de la Orden Martinista Universal. El hermano Heb Ailghim Sí, (el Dr. E. Bertholet), sucedió a René Rosart, pero dejó extinguirse una Orden que jamás tuvo actividad alguna. El Dr. Bertholet murió el 13 de Ma­yo de 1965 sin haber nombrado su­cesor.
A pesar de ello, la Orden Martínista Tradicional no había sufrido ningún daño en Estados Unidos y trabajaba modestamente, esperando que Las cosas se apaciguaran en Europa. Ralph M. Lewis conser­vó su título de Gran Maestro Regio­nal. Unos diez años más tarde, cuan­do la Orden Martinista Tradicional se volvió a implantar en Francia y en otros países desde Estados Uni­dos, Ralph M. Lewis tomó el título de Gran Maestro Soberano. Durante 48 años dirigió la Orden Marti­nista Tradicional, es decir, hasta su transición el 12 de Enero de 1987. Gary Stewart le sucedió, después en Abril de 1990 fue elegido Christian Bernard para dirigir la Orden Martinista Tradicional.

LA ORDEN MARTINISTA TRADICIONAL HOY.

Como puede observarse, la Orden Martinista, a pesar de las adver­sidades, siempre ha logrado trans­mitir su luz a través de los tiempos. Si bien existen actualmente en algu­nas partes del mundo diversas “obediencias” martinistas, la Orden Mar­tinista Tradicional es la que cuen­ta con el mayor número de miem­bros, esforzándose en mantener la luz que los Maestros del pasado le han confiado. Desde hace algunos años, el Gran Maestro Soberano de la Orden Martinista Tradicional, el hermano Christían Bernard, ha estado trabajando pacientemente para reorganizar la Orden. Cien años después de la creación del Consejo Supremo de 1891, y sesenta años después de la creación de la Orden Martinista Tradicional, quiere volver a centrar la Orden sobre sus valores y prácticas tradicio­nales, y adaptarla al mundo moder­no. Así pues, la Orden está conocien­do, bajo su dirección, un renacimiento.
Cien años después de la Revolución francesa, los Martinistas, bajo la dirección de Papus, habían querido contribuir a la espiritualización de su época. Con la esperanza de participar en esta gran misión, ha­bían propagado al mundo los “Ser­vidores Desconocidos”, para que la Obra pudiese llevarse a cabo. Las circunstancias de esa época eran importantes: las amenazas que pesaban sobre el esoterismo occi­dental y el desarrollo de la civiliza­ción industrial, el advenimiento del “reinado de la cantidad”. Nuestra época presenta numerosas similitu­des con ese período, y cada uno de nosotros puede comprobar que, aunque hemos celebrado, hace po­co, el bicentenário de la Revolución francesa, todavía queda mucho por hacer. Victor Hugo decía: “La revolución cambia todo, excepto el cora­zón humano”. El hombre, como en la época del resurgimiento del Martinismo, está en peligro por el progreso y no es por casualidad que Organizaciones Iniciáticas, tales como la Orden Martinista Tradi­cional, vuelvan a estar de nuevo ac­tivas, pues nos enseñan que no es en el exterior donde se produce la revolución, sino en el corazón de cada uno de nosotros; esto es lo que los Martinistas Llaman la “Vía Cordial”.

NOTAS:

1) No todos los historiadores del Martinismo están de acuerdo so­bre este punto. Algunos consideran que Saint-Martin no ha transmiti­do iniciaciones en el sentido en el que se entiende habitualmente. Según ellos, es a Papus a quien hay que considerar como el creador de la Iniciación Martinista. Sobre esto, ver “Le Martinisme” de Robert Amadou, ed. de l’Ascése 1979, Chap. IV. Hasta ahora, ningún ele­mento permite aportar un juicio definitivo en un sentido o en otro.
(2) “Le Lys dans la Vallée”, H. de Balzac, Nelson 1957, pág. 64.
(3) Sobre las circunstancias de es­ta iniciación, ver el artículo “Un
Servíteur Inconnu Pierre Augustin Chaboseau”, a consultar en: Pierre-Agustin de Chabusseau: Un servidor desconocido.
(4)Esta creación fue anunciada en “La Iniciación”: n9 10 de Juliode 1891, pág. 83-84; n9 11 Agosto 1891, pág. 182 y nº 12 Septiembre, pág. 277 1891.
(5)“Essais de Sciences Maudites, 1, “Au Seuil du Mystére”, G. Carré, París 1890, pág. 158.
(6)“Esai de Synthése des Scíences Ocultes”, F. Jolívet Castelot, E.
Nourry, Paris 1928, pág. 189.
(7) y (8) “Tutti gil Uomíni del Mar­tinismo” Gastone Ventura,Editrice Atanor, Roma 1978, pág. 52. (9) “Le Maitínísme”, Robert Amber­[am, Niclaus, París 1946, pág. 151-155.
(10) Jean Bricaud tuvo sucesores de los que es imposible hablar aquí por falta de espacio. Para más información sobre este punto, ver nuestro estudio próximo a apare­cer “Le Martinisme, son histoire et sa philosophie”, Christian Rebisse.
(11) “Papus, sa Vie, son Oeuvre”, Phílippe Encause, ed. Pythago­re, Paris 1932.Jean Reyor en el “Voí­le d’Isis” de Diciembre 1932, pág. 793-794, fue el primero en señalar este aspecto sobre el hijo de Papus:“Parece que se haya dejado de lado sistemáticamente todo lo que ha podido ser verdaderamente inte­resante en la carrera tan activa de ese asombroso Papus . . . ni una palabra sobre la constitución y so­bre la vida de esta Orden Martinista de la cual Papus fue el animador... “Philippe Encausse corregirá ese defecto en las ediciones sucesivas de esa obra.
(12) “Le Martínisme” Robert Am berlain, Niclaus, Paris 1946 pág. 174.
(13)F.U.D.O.S.I. abreviatura de “Fédération Universelle Des Ordres et Sociétés Initiatiques”.
(14)Este acontecimiento fue anur ciado en el número de Agoto-Septiembre de 1934 de la revista “Adonhiram”, pág. 6.

Fuente Texto: El Rosacruz. Enero/Febrero/Marzo 1993. Editado por la 0rden Rosa+Cruz, AMORC.